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miércoles, 2 de marzo de 2011

Contemplación

No hace mucho presenté este pequeño estudio sobre la contemplación estética, y en su elaboración he puesto tanto de mí misma que no he querido dejarlo en el cajón de los ensayos académicos y he decidido compartirlo con vosotros. Espero que os agrade y haga reflexionar... ¡el debate está abierto!

Puede decirse que preguntarse por la contemplación de la belleza es lo mismo que preguntarse por la diferencia entre la visión común y la visión estética. ¡Pero ya de por sí esta afirmación está cargada de sentido! Implica, ni más ni menos, que la visión de las cosas bellas, la visión física, terrenal (o escucha, u otras acciones de los sentidos) es de por sí una experiencia estética, esto es, contemplación de la belleza. ¿Es posible que la belleza sea percibible en lo material, lo humildemente físico? Parece obvio para todo aquél que se haya planteado la pregunta ante la visión de un cuadro o el aroma de una rosa, pero, si nos paramos a pensarlo, la inmensa trascendencia que es necesaria para pasar de la rosa lo los colores a algo como la belleza (ni siquiera “Belleza”) debería bastar para que nos preguntásemos ¿cómo es siquiera posible? Se vuelve necesario entonces saber si esa primera afirmación es cierta. Y tal vez sólo haya un modo de averiguar si la pregunta está bien planteada, y es intentar responderla. 

A la hora de preguntarse acerca de la contemplación de la belleza hay dos posibilidades, dos puntos de vista, que deben tenerse en cuenta. El de Platón y el de Tomás de Aquino. Pueden llamarse, respectivamente, una visión anagógica y una visión contemplativa de la belleza. Parece, entonces, que la visión tomista es por definición el tema a tratar pero, si es verdad que nos preguntamos por la diferencia entre la visión común y la estética, entonces no es posible reducir el campo tan rápidamente.

Para poder profundizar en este tema, es fundamental volver sobre las distinciones básicas de la belleza como trascendental. La distinción entre los trascendentales es de razón. En concreto, en el caso que nos ocupa, es una distinción de razón por relación a las facultades humanas, las mismas que nos abren a la realidad, sin que por ello sea un criterio subjetivo.

Del mismo modo que verdad y bien se distinguen porque se dirigen respectivamente a la voluntad y el intelecto. Parece ser que el bien y la belleza se distinguen con el mismo criterio, pero partiendo de la base de que la belleza es un tipo de bien. Lo cual se explicita en que la belleza se dirige también a la voluntad, y la aquieta. La belleza, entonces, se distingue de la verdad en lo que tiene de bien, pero también se distingue del bien en lo que tiene de verdad. Es paradójicamente, lo bueno para el intelecto. 

Hay muchas cosas que son objeto del intelecto, a las que éste se dirige, pero su posesión no le hace bien, no le agrada, sólo le hace necesitar más, más conocimiento, más juicios. Sin embargo, las cosas bellas le placen como ninguna otra cosa, y por un momento lo demás carece de sentido y se vuelve innecesario, pues está complacido. ¿Quién está complacido? Porque sólo la voluntad tiene aquietamiento y deseo, está presente en este “agradar”. Distinguir no es separar.

Y del mismo modo la belleza es, de entre todos los objetos de la voluntad, aquél que tiene la inestimable gracia de ser percibido sensiblemente, el único bien que podemos decir que además de un fin que mueva es “algo” verdadero, y en esa verdad, en el hecho de que exista físicamente aquello que para la voluntad era un fin cercano a un acto de fe, se encuentra ese modo único de calmar el deseo. La concreción ontológica (física como una rosa, o espiritual como el alma de un amigo) del ansia de la voluntad.

¿Cómo, entonces, place la belleza a la inteligencia? Porque sólo a través de ella se hace presente, en su verdad, a la voluntad. Cuando dice Tomás de Aquino que la belleza es la debida proporción, da la clave principal. Sólo la inteligencia percibe el orden y la proporción. Y en ese orden y proporción hay sólo una, con mil formas, que parece colmar una promesa nunca formulada, pero siempre esperada. Porque las cosas bellas están proporcionadas a la misma inteligencia. En su orden y armonía se amoldan a la forma del entendimiento, encajan con él, permitiéndole verse reflejado en el mundo exterior, y conocer por fin algo que le ha acompañado siempre sin ser expresado. De entre todos los modos de ver y conocer, sólo en este se percibe el límite entre el mundo y el sujeto, la distancia entre ellos. En lugar de tener directamente el objeto, se percibe el hecho de estar viendo, y se percibe como placer.

Pero sólo el hombre puede ver las cosas y contemplarlas por su belleza y no sólo por su utilidad. Entonces, al descubrir que puede proyectarse a sí mismo en lo que era sólo un conjunto de técnica o naturaleza hasta que alguien lo miró y vio que escondía algo más, descubre un reflejo de su libertad, aquello que le permite ir más allá de lo dado, y la voluntad encuentra también su reflejo en la belleza, a través de la inteligencia, y sacia ese ansia, antes citada y ahora determinada, que es de libertad. Porque en la belleza el mundo se libera de la necesidad para abrirse al deseo de lo inútil.

Claro que ese poder contemplar la belleza sólo por la belleza exige virtud por parte de la persona que contempla. Exige, al menos la templanza de carácter que le libere de esa avaricia de los sentidos que, en un ejemplo gráfico y moderno, impide ver la belleza del monumento por estar sacándole fotos. La imagen producida por una verdadera contemplación estética es tan poderosa, que sólo el recuerdo de ese momento, más que del objeto físico en sí, basta para toda una vida de inacabada contemplación. Esos recuerdos, incluso, del momento sublime en el que el espíritu sin buscarlo, paseando entre imágenes, es sorprendido por la belleza de una sola, pueden ser más verdaderos y ricos que el volver a ver físicamente ese objeto. 

Se pueden poner todos los medios necesarios para preparar este encuentro, pero nunca los suficientes, pues el valor de la belleza estriba en ese carácter como de don, que nos asalta con una verdad (no necesaria, ni probablemente, conceptual) acerca de nosotros mismos como seres humanos y de la realidad, del mundo como una creación que parece hecha a nuestra medida, pero a escala infinitamente grande en infinitamente pequeña. [Tal vez por eso el arte es a menudo el ejemplo paradigmático de belleza, porque es precisamente el género de las cosas bellas que está hecho a nuestra medida, por personas y para personas, lo cual no quiere decir que sea más fácilmente abarcable, ni que sea posible, incluso para el mismo artista, llegar a lo más profundo de la significación que de su alma ha volcado en ello.]

Sin embargo, queda en pie la cuestión acerca de los dos puntos de vista con que abría esta exposición. Para Platón, la belleza tiene una dimensión anagógica que nos impele a buscar más y más, hasta abandonar el mundo terreno y su contemplación y deleitarnos en la visión de la Belleza misma, así como busca la generación, para dar eternidad a ese deleite. Por eso la belleza se traduce en amor, que produce hijos físicos o espirituales, como un libro o una melodía. 

Para Tomás de Aquino, en cambio, la voluntad se aquieta por completo en la belleza no busca más, ni genera nada. No necesita dejar atrás el mundo ni el objeto contemplado para, profundizando en él, llegar incluso a la contemplación divina. Este modo de contemplar parece más acorde con todo lo anteriormente expuesto, y muchos podrán corroborarlo con la propia experiencia. Sin embargo, ningún artista, por ejemplo, podrá dejar de gritar que la visión platónica también es cierta, que la contemplación de la belleza engendra en su interior una inspiración que brama por salir y dar a luz un infante de belleza nueva y propia. Nadie, tampoco, podrá negar que la contemplación de la belleza, más que ninguna otra verdad, nos muestra nuestra mortalidad frente a la perennidad de la imagen contemplada, incluso aunque la rosa que la provoca se marchitara. 

A mi juicio, toda belleza es escatológica, y al mostrarnos nuestra verdad más profunda, su deleite está delicadamente mezclado con la conciencia de nuestra condición mortal, que se enfrenta siempre, y más que nunca en este momento, a nuestro originario deseo de infinitud. ¿Es casualidad, acaso, que los místicos que más elevadas experiencias contemplativas habían tenido escribieran “Muero porque no muero”? El deseo de ir más allá en la contemplación de la belleza de las cosas sensibles, o de la Fuente de la belleza, tanto da, está presente en el fondo y en la forma, incluso aunque no sea de forma actual en todo momento del arrobo contemplativo. 

¿Cómo compaginar ambas visiones, entonces, si parece que la experiencia humana es demasiado rica para reducirse a cualquiera de las dos?

Me resulta especialmente interesante, en este caso, la visión de Pieper, según él, de la contemplación platónica. “¡Qué maravillosa es el agua, y la rosa, y el árbol, y la manzana! Algo así no puede decirse sin que haya una pizca de estimación de algo que vaya más allá de lo mencionado, de afirmación que roza el fundamento mismo del mundo. (…) Pero tales certidumbres en el fondo significan una y la misma cosa: que el mundo tiene arreglo; que todo logra su fin; que en el fondo de las cosas hay, a pesar de todo, paz, salvación, gloria; que nada ni nadie están perdidos.” (Pieper, J., La contemplación terrenal).

Tal vez esa ese deseo de infinitud del ser humano pueda, en ocasiones, saciarse ante la contemplación de una belleza concreta, porque sólo la posibilidad de su existencia implica tanto, como comenzaba diciendo en este ensayo que llena de esperanza (esperanza ontológica, en el mundo mismo) ante esa negrura infinita de nuestra mortalidad. Porque por unas pocas veces en nuestra existencia trascendemos más allá de ella, por encima de nuestra condición de videntes, para percibir que vemos, y por medio de ello contemplar algo perenne, tan luminoso (verdadero), que nos muestra también nuestro límite esencial, y por tanto, que atisba (lo contrario sería matemáticamente imposible), lo que hay al otro lado del límite. De no ser así, no podríamos percibir el límite, como ningún otro ser físico puede. 

¡Hay! 

sábado, 11 de diciembre de 2010

ESTADO DE ALARMA

Para leer completo mi análisis político y sociológico del primer estado de Alarma en España, had click en el título. 

A pesar de que los temas políticos no son los más agradables y los toco en este blog muy esporádicamente, este considero que tiene verdadera relevancia en sus consecuencias… y por lo difícil que ha sido la verdad de desenterrar.

Todos hemos seguido la huelga de controladores y hemos dicho “ya era hora” cuando se les ha “diciplinado”. Pero, ¿es tan simple como parece? ¿Sabemos realmente lo que sucedió? ¿Sabemos las consecuencias de todo esto? Un comentario de la profesora de Derecho Constitucional de mi Universidad despertó mi espíritu de periodismo de investigación, y vale la pena pararse a mirar cuál ha sido la secuencia de hechos en todo este asunto… porque las consecuencias que se pueden sacar son escalofriantes.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Y Punset dijo...

Esta reseña realizada al último libro de Punset es algo larga, pero sencillamente genial, y tiene la capacidad de hacernos pensar hasta qué punto nos creemos todo lo que diga cualquier gurú con aureola mediática... Pero lo mejor será que simplemente le deje hablar al profesor Arana, experto en filosofía y ciencia. Grande. Muy grande. 
Haz click en el título para leer la reseña completa. 
Juan Arana. Universidad de Sevilla

Eduard Punset
Reseña de: Eduardo Punset. El viaje al poder de la mente. Los enigmas más fascinantes de nuestro cerebro y del mundo de las emociones. 
Destino. Barcelona (2010). 364 págs.

¿Qué ocurre cuando llega a tus manos un libro escrito por una persona que acumula una larga ejecutoria y goza de notoriedad pública, que ha rebasado ya los setenta años, que confiesa sufrir una importante cardiopatía y haber recibido tratamiento para superar un cáncer de pulmón? Lo más natural es que surja en ti un sentimiento de respeto y admiración. He aquí, te dices, un hombre que ha sabido afrontar los desafíos de la existencia y que tampoco desvía la mirada cuando la muerte le sale al paso. Abres el volumen como si estuvieras ante un testamento, no porque pienses que va a ser lo último que escriba —Dios no lo quiera—, sino porque esperas encontrar allí una sabiduría esclarecedora, una ayuda para solventar tus propios problemas.

En esa disposición de ánimo di comienzo a la lectura de El viaje al poder de la mente. Los enigmas más fascinantes de nuestro cerebro y del mundo de las emociones (Barcelona, Destino, 2010, 364 pp.), la más reciente obra del economista, político, divulgador y polígrafo Eduardo Punset. Una de las tesis que defiende en ella es que los hombres somos reacios a cambiar de opinión. ¡Ea!, al menos en este caso, ha conseguido que yo cambiara la mía: antes de empezarlo pensaba que estaba ante un trabajo serio e importante; ahora que lo he leído estoy convencido de que se trata de un mal libro. Malo de solemnidad, lo digo sin paliativos, aunque mantenga la consideración y deferencia que merece quien lo ha compuesto. Ojalá escriba él muchas más cosas y tenga yo oportunidad de leérselas, pero la misma gravedad de las circunstancias que he evocado en el párrafo anterior me obliga a prescindir de paños calientes a la hora de llamar a las cosas por su nombre. Tal vez esté profundamente equivocado, pero tampoco soy un niño, y creo que es urgente darle (y darme, en el caso de que se digne ejercer su derecho de réplica) la oportunidad de mejorar lo que sea mejorable, pues ya no estamos ninguno de los dos en situación de perder el tiempo con eufemismos e indirectas.

lunes, 26 de abril de 2010

Haiku VI



La primavera

está, flota en el aire,

todo pelusa.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Stand Alone Complex


¿Tal vez padezco Complejo de Autosuficiencia?

¿Tal vez tanta producción, tanta promesa, tanto blog y tanto ensayo no son más que un copycat más de todos aquellos que se creen capaces de cambiar el mundo? ¿Para qué tanta filosofía? ¿Tal vez soy demasiado inocente desde detrás de mi teclado? ¿Cuántas personas habrán querido cambiarlo todo con un libro, un ensayo, una idea?

¿Todo quedará acaso en el olvido? ¿O quizá desencadenará una serie de reacciones y acontecimientos que no espero? ¿Si soy una más, no somos multitud? El poder de esa multitud es que cada uno actúa solo, a su manera, sin contacto real, cada uno según sus ideas... pero persiguiendo lo mismo. Cada uno se cree autosuficiente. Si soy la primera, ¿no puedo hacer multitud, puedo mover a la masa? ¿Puedo hacer algo real de una idea surrealista?

¿Cómo sé si soy el original o una copia? ¿Quién instiga la revolución? ¡¿Cómo lograr el cambio?, veo tanto, veo tanto que cambiar! Pero. ¿quién soy yo? ¿Qué papel tengo? ¿Es que hay alguien capaz de combatir la injusticia?

Y sin embargo, ¿acaso debo actuar como una sordomuda ante todo ello?

"I thought what I'd do was, I'd pretend I was one of those deaf-mutes." (Salinger)

¿Caer en la desesperación de enfrentarme a una máquina social perfecta, automática?



No.



Todavía soy demasiado idealista.



Soy libre.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Inhumano, tal vez.

George Steiner:

Ahora sabemos que leer a Goethe y a Rilque, disfrutar con Mozart o Bach, es compatible con matar a millones de inocentes. Después del Siglo de las Luces, después de las Exposiciones Internacionales de París, Londres y Barcelona, cimas de la confianza liberal burguesa, surge el horror de los campos de la muerte en Rusia y Alemania, las grandes matanzas, dos guerras mundiales entre 1914 y 1945. Setenta millones de hombres, mujeres y niños perecen en Europa, ya sea en los campos de batalla o por hambre, por deportación y torturas, en campos de exterminio y cámaras de gas. Sólo en Verdún, la cifra inconcebible de medio millón de muertos.

Nada nos había preparado para el siglo XX. Con Kant se hablaba de paz universal, de guerra local profesional. Así que el primer problema, contra el que lucho en todos mis libros y en toda mi enseñanza, es muy simple: ¿por qué las humanidades y la razón no nos han dado protección alguna contra lo inhumano? Ni la gran literatura, ni la música o el arte han podido impedir la barbarie total. En realidad, se han convertido en ornamento de esa barbarie, en un hermoso marco para el horror.

¿Por qué la cultura no impide la barbarie? No lo sé. Yo he planteado el problema y espero una respuesta.



Yo: ¿Y estamos preparados para el S XXI?


viernes, 17 de julio de 2009

Haiku IV




Siento haberte olvidado
y por no sufrir

es que lo siento tanto.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Haiku III






Por una mariposa,
corrí hasta olvidar
cuánto quería volver.




lunes, 16 de marzo de 2009

Haiku II


Y tanto
te quiero que

sólo te digo

lo poco que te quiero.

sábado, 7 de marzo de 2009

PAPÁ


PAPÁ. No tengo dinero. Quiero eso YA. Aquí ahora. Este fin de semana voy a desfasar. He suspendido una asignatura. Quiero ir de rebajas. Tengo hambre, voy a la cafeteria. A ver si pillo cacho. Quiero hacer refomas. Te quiero, pero no me controles. No me comas el tarro con tus moralejas, yo pienso lo que pienso. No me dejan bastante libertad. Qué dura es mi vida. Estoy triste... chocolate. El profesor me tiene manía. He discutido con ella. Estoy agobiado. Me pagan igual, no hace falta que me mate. He discutido con él. No me dejan vivir. ¡Quiero mi propio espacio! Mi madre no me deja comprarme esto. Quiero SEXO. No me tienen en cuenta. HAY CRISIS. Igual tengo que replantearme mis vacaciones. Igual me pongo a trabajar. Habrá que apretarse el cinturón. Póngame un cubata. ¡Se creen que pueden controlar mi vida, o qué! No me apetece nada esa clase. Yo vivo mi vida. Te quiero... hasta que se acabe el amor. Hago lo que me da la gana. Estoy agotada. Quiero tener más ropa. Qué coñazo ir hoy a trabajar. Ese tío me explota.

No me dejan hacer lo que quiero.

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miércoles, 25 de febrero de 2009

Sueños

Oihane sale de clase encantada. La razón de que vaya dando saltitos por la calle está en la mochila rosa que sujeta su madre. En ella está su ropa de ballet, zapatillas, medias, malla. Hoy podrá utilizarlas.

Una vez en la academia, corre a los vestuarios a buscar a sus compañeras. Está ahí su amiga del alma, compañera del colegio. Empiezan a gastar bromas rápidamente, convirtiendo en juego cualquier situación. Una niña pelirroja y pecosa, sentada en un banco, les observa con timidez, sonriendo suavemente. Lleva una larga coleta, que no sabe recogerse en el moño reglamentario, así que sus compañeras se lo hacen, encantadas de jugar con tan adorable muñeca.

Mientras le ayuda, Oihane lanza miradas,furtivas a la puerta cerrada del baño. Cuando oyen el chasquido del pestillo, las niñas se arremolinan alrededor parloteando sin parar, como si llevaran todo el rato en el pasillo. La joven de dentro ya está vestida con ropa de baile. A diferencia de las niñas, que llevan todas una malla rosa salmón, la monitora va de negro. Lleva tirante fino y medias oscureciéndole los brazos. A veces viste falda, a veces calentadores. Las niñas sueñan con el día en que tengan el privilegio de elegir su ropa y variarla en lugar de llevar uniforme.

La profesora abre la puerta del estudio, dejando salir a las “pequeñas”. La mujer da la clase, y la monitora se pone obedientemente al frente de las niñas como una más. Su papel es de azafata, que ejemplifica las indicaciones de la maestra.

Oihane la observa para repetir todo lo que hace. La maestra ordena que se pongan de puntillas, y las pequeñas dirigen inmediatamente sus miradas a los pies de la maniquí. Lleva zapatillas de punta y estira flexiblemente el empeine para colocarse totalmente erguida sobre ellas. Oihane se ríe de emoción por dentro, porque eso le hace recordar que en enero ellas también empezarán a ensayar en puntas.

Cuando las niñas salen para volver a casa, la monitora se queda en clase. Entra otra “mayor”. Trabajarán hasta tarde. Oihane decide por fin hacer algo a lo que nunca se había atrevido. Se asoma por la puerta a ver cómo bailan las dos chicas. Pero se están cambiando de zapatillas mientras charlan. Oihane puede ver sus dedos ensangrentados.

Al girarse, Oihane se encuentra de frente con la frágil niña pelirroja. Le invita a que se asome, pero ella niega con la cabeza.

- Ya le he dicho a mi abuela –le explica muy seria–, que yo quiero aprender a bailar muy bien, pero no ser bailarina.

Oihane abre la boca para replicarle que no le importa, que ella sí va a ser bailarina, una bailarina tan buena como las mayores, y que saldrá en los teatros. Pero por alguna razón no le salen las palabras. Se mira los pies, enfundados en unas botitas floreadas. Y sale corriendo a buscar a su madre.

jueves, 12 de febrero de 2009

Tratado de un genio

El Tractatus de Wittgenstein supone para quien lo lee una especie de catarsis. Tal vez sea la combinación con su carismática personalidad, o su paradigmática biografía, lo que hace que la lectura de su obra me resulte tan emocionante. Tal vez simplemente me siento identificada con su personalidad. Me pregunto si, de haber podido conocer mejor las biografías de otros genios de la antigüedad, sentiríamos lo mismo ante sus libros.

Lo curioso es que ni siquiera estoy de acuerdo con la mayoría de las cosas que dice (con otras sí). Seguramente me encuentre más cerca de la filosofía del segundo Wittgenstein. Con todo, el planteamiento de ideas, el modo de pensar, de concebir la filosofía del primero, no puede ser pasado por alto.

A pesar de sus errores –de los que él mismo se dio cuenta más adelante en su vida- ese libro tiene la propiedad de hacer pensar, de abrir nuevos horizontes, no tanto en el contenido como en la forma. O tal vez, de nuevo, esté mezclando vida y obra –si es que eso supone un problema-. El conocimiento de su versatilidad: filósofo, músico, arquitecto e ingeniero, y de su coherencia entre vida y filosofía, me llena de un enorme optimismo a pesar de que muchos hayan tachado, con o sin razón, su existencia de trágica.

Creo que se pueden hacer grandes cosas. La excusa de “es que él era un genio”, me parece pobre. Hay una enorme potencialidad a mi alrededor, muchas veces opacada por timidez, por un “es que esta asignatura no me gusta tanto”, o por un “no soy tan inteligente como creéis”. Cuando en realidad, llegando al límite de sus posibilidades, buscando su propia perfección podrían, podríamos, ser los genios de nuestra vida.

Wittgenstein, su Tractatus, su vida, tienen la virtud de hacer creíble esta afirmación. A veces, buscando la perfección académica, las altas calificaciones, la idea genial, nos olvidamos de explotar lo que ya tenemos. Nadie duda de los muchos errores de Wittgenstein –aunque sólo sea porque a distintas edades dice cosas diferentes-, como tampoco nadie duda de su genialidad.

Y seguramente, lo más fascinante de este hombre no está en lo que quiso escribir, ni lo que no escribió, sino en lo que no se dio cuenta de que sí escribió. Me explico: en el Tractatus afirma que de lo que no se puede hablar hay que callar, y que las proposiciones metafísicas se encuentran en ese ámbito, de hecho, ni siquiera son proposiciones. Y sin embargo, él mismo elabora una cierta cantidad de aforismos de gran calado metafísico. Se protege diciendo que quien los comprenda verá que son absurdos, que no dicen, sino que muestran una realidad a la que accedemos ya sin ellas.

Genial, absurdo.

Después afirma dramáticamente que se había equivocado en todo[1]. De lo que no se dio cuenta –o al menos no lo escribió- fue de que, en realidad, la diferencia entre sus concepciones filosóficas no era tan grande ni tan traumática. Porque él, en el Tractatus, había empleado las posibilidades del lenguaje natural en la práctica, tal y como lo vio después en la teoría. La posibilidad de descubrir algo más allá de lo que expresa la propia proposición. Porque es cierto, no todo se puede describir con la claridad de las ciencias naturales. Hay cosas que hay que mostrar. Por eso, un sentimiento se comprende mejor en una buena poesía que en una clase de psicología. Se siente, aunque la poesía en cuestión hable de cualquier cosa menos de dicho sentimiento. Lo que Wittgenstein tardó mucho más en ver es que ese método también podía ser adecuado para la filosofía. Tardó, debo decir, en verlo en la teoría, porque en la práctica siempre lo supo. Pues era filósofo y artista, y ambas potencialidades confluían en un sólo hombre, a pesar de que quisiera autoimponerse un rigor lógico imposible.

De hecho, incluso su cuadriculada manera de escribir, propia de un ingeniero, revela una sensibilidad y una calidad estética sobresaliente. No sólo el hecho de que la primera frase sea un perfecto pareado rítmico en alemán –Die Welt ist alles, was der Fall ist[2]–. Sino la armoniosa ilación entre cada uno de sus aforismos, como un extraño poema que expresa exactamente lo que debe ser dicho para representar cada uno de esos pensamientos como es, sin innecesarias explicaciones que lo desvirtúen.

Curiosamente, sobre ello afirma: “En este punto soy consciente de haber quedado muy por debajo de lo posible”. Supongo que, si no fuera una perfeccionista incorregible, en este momento hubiera dicho –qué osadía– que se equivoca de nuevo. Y de hecho es así, aunque cualquier verdadero autor será incapaz de verlo en su propia obra. Por todo esto, yo más bien hubiera terminado el prólogo del Tractatus así:

La forma estética de los pensamientos aquí comunicados me parece, en cambio, intocable y definitiva. Soy, pues, de la opinión de haber replanteado definitivamente, en lo esencial, los problemas. Y, si no me equivoco en ello, el valor de este trabajo se cifra, en segundo lugar, en haber mostrado cuanto se puede hacer aún por resolver estos problemas.[3]

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[1] Cfr.Dennett, D., Ludwig Wittgenstein, Time, March 29, 1999, p. 24.

[2] “El mundo es todo lo que es el caso” de Wittgenstein, L., Tractatus Logico-Philosophicus, Alianza Editorial, 1987, p. 15.

[3] Cfr.: “La verdad de los pensamientos aquí comunicados me parece, en cambio, intocable y definitiva. Soy, pues, de la opinión de haber solucionado definitivamente, en lo esencial, los problemas. Y, si no me equivoco en ello, el valor de este trabajo se cifra, en segundo lugar, en haber mostrado cuán poco se ha hecho con haber resuelto estos problemas” de Wittgenstein, L., Tractatus Logico-Philosophicus, Alianza Editorial, 1987, p. 13.

sábado, 31 de enero de 2009

Haiku I





Aquí está, obnubila,

envolviéndome,

Amado, tu presencia.

viernes, 23 de enero de 2009

Vaguedad...

Todo pensamiento que pretende ser filosófico o lógico consiste en atribuir al mundo las propiedades del lenguaje.
Desde el instante en que leí esas palabras, una duda tan peligrosa como sencillamente irrefutable, apareció en mi mente. Si esa frase es cierta, entonces todo lo que conocemos o imaginamos del mundo adquiere un matiz de humanidad, de indemostrabilidad, imposible de superar. Que algo sea irrefutable, no significa que sea verdadero. Significa lisa y llanamente que no podemos demostrar su verdad o falsedad. Suponer que algo en nuestro lenguaje, pensamiento, o percepción nos impide llegar a la realidad de las cosas, implica que, para cuestionarlo, deban emplearse las mismas facultades que se ponen en tela de juicio. Entramos en un círculo vicioso. Es tan posible que la afirmación sea cierta como que sea falsa. Para continuar pensando es necesario hacer un supremo acto de fe, o poner entre paréntesis dicha posibilidad.

Cuál sería mi sorpresa cuando, al llegar al final del artículo, encontré en boca (o pluma) del propio Russell estas palabras:
Si usted quiere creer que no existe nada, excepto aquello que usted experimenta directamente, nadie puede probar que está equivocado, y probablemente no existe contra su opinión ningún argumento válido (...) ¿Hay alguna inferencia válida de una entidad experimental a una inferida? Sobre este problema no veo refutación de la posición escéptica.[1]
No es el primer autor al que leo que no tiene, o para el que no existe, una refutación al escepticismo. He oído también decir que todo filósofo debe pasar por una época de escepticismo.

Por otra parte, Russell critica el idealismo kantiano desde un realismo contundente (la vaguedad no implica falsedad, sólo que tampoco implica completa verdad), pero él mismo no escapa a su mayor tentación: el que nuestro conocimiento esté condicionado. Sería una ingenuidad, desde luego, creer que nuestro conocimiento es perfecto. Se debe entonces buscar una salida. El problema es esa escapatoria, definir cuál es ese condicionante, y hasta qué punto actúa.

El idealismo kantiano, el escepticismo, o la propia vaguedad de Russell son algunas de esas salidas. Quizá el más fácilmente criticado de todos ellos sea el idealismo, el único que cuente con contradicciones patentes, pero al mismo tiempo su semilla continúa viva sin que sea posible encontrar una alternativa. Por su parte, la vaguedad de Russell está llena de sentido común, podría perfectamente ser cierta (aunque eso no equivalga a admitir todas las conclusiones que Russell infiere de su tesis.) Y finalmente, del escepticismo ya he hablado. Pero si el escepticismo no puede demostrarse ni negarse, la vaguedad o cualquier otra doctrina alternativa está siempre en una precaria situación de mera posibilidad... de la que no es posible salir. Y nos encontramos con más doctrinas posiblemente ciertas que con teorías decididamente falsas.

No tan interesante como la teoría lógica de Russell, acertada, pero que sólo serviría de algo si fuéramos capaces de crear un lenguaje imposible, es aquello que la enmarca, el principio y fin de su propio ensayo. Esa discusión sobre el idealismo, el engaño del lenguaje... bajo la cual subyace siempre el monstruo del escepticismo. Y por todo ello, Russell finaliza el artículo sobre la vaguedad con estas palabras:

Pero la filosofía escéptica es tan breve que carece de interés; por lo tanto, es natural que una persona que ha aprendido a filosofar desarrolle otras alternativas, aun cuando no haya muy buenas razones para considerarlas como preferibles.

¿Por qué terminar un escrito sobre una cuestión lógica, de lenguaje, con un recurso contra el escepticismo, si no es cierto lo que antes he dicho? Y más importante aún, ¿Es ésa la respuesta, la única posibilidad? ¿Simplemente mirar a otro lado y dedicarnos a construir pensamiento sobre un supuesto sabiendo, nosotros los primeros, que hemos decidido arbitrariamente decir “el escepticismo no vale”, como los niños pequeños cuando pierden un juego? ¿No tiene interés? ¿Eso es todo?

No quiero caer en la manía moderna de buscar la evidencia en todo, pretender caminar siempre sobre seguro. No somos dioses como para estar seguros de que nuestro conocimiento es cierto y exacto. Pero sencillamente basar todo aquello que podamos percibir, imaginar o pensar en un acto de la voluntad, en un voto de confianza, me hace exclamar, con el desconsuelo de quien no encuentra otra respuesta, y la rebeldía de quien no se conforma con su propio destino: ¿Eso es todo?


[1] Russel, B., Vaguedad, originalmente publicado en The Australian Journal of Psycology and Philosophy, 1, 1923, p. 84. Traducción de Arias, E. Y Fornasari, L., en Bunge, M., Antología Semántica, Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1960.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Hace un otoño...

Adela caminaba con firmeza, sabía que dirección tomar. Se lo indicaba la carta de baraja que palpitaba en su mano. Sin prisa, eso sí, pues no quería dejar atrás a su querida Casiopea. Finalmente, se volvió y tomó a la cansada tortuguita en brazos.

Los edificios y sus habitantes fluctuaban a sus lados como sombras. Después de la luz serena de ese templo de la sabiduría donde su alma había descansado, el mundo aparecía borroso ante sus ojos.

Llegó por fin a una plaza redonda, gris. En su centro, una fuente redonda, gris. Con agua metálica, gris. Sentada en el borde, una delgada figura de negro y rojo.

Era un arlequín (se había pintado así por cierto libro de Jostein Gaardner.) Un arlequín triste. Un arlequín que había vivido acompañada en el templo de la sabiduría, el mismo del que venía Adela, pero se había marchado de allí al quedarse sola, dejando su corazón en el suelo. Casiopea lo había encontrado. Adela lo llevaba en la mano.

Ahora, acurrucada en la fuente, dejaba que negras lágrimas emborronaran su maquillaje blanco, antes de esconderse entre sus labios rojos. Antes gustaba de escuchar, y no se había dado cuenta de que por sus silencios nadie la echaría en falta. Que su destino sería desvivirse por quienes la olvidarían. Miraba un cómic que no había leído, y pasaba las páginas en su regazo, buscando y observando siempre un mismo personaje.

- ¿Eres The Jolly Joker? –preguntó Adela.

El arlequín levantó la cabeza, desconcertada. Arrancó la hoja que tenía delante y se puso de pie, mirándola a la cara.

- Soy Adela.

El arlequín hizo un gesto de sorpresa, y luego sonrió irónicamente. Porque por fin había comprendido, y sabía otros muchos nombres para ella.

Se hundieron la una en los ojos de la otra. Vieron todo el daño que se harían, y las vendas que se pondrían, vieron los abismos que explorarían al conversar, los secretos que se dirían, y los que tardarían sangre en sacarse. Vieron que ambas llevaban en el pecho las medallas de sus Amores, tan distintos y tan similares. Se vieron dibujar, bailar, escribir. Reír hablando un idioma extranjero ante un té.

Ambas habían renacido en el templo de la sabiduría, y ya no tenían miedo. Habían terminado de esperar, y ahora sólo les quedaba crecer juntas. Ya no volverían a estar solas, y sabrían al fin reunir a otros a su alrededor.

Adela le tendió al arlequín su carta. Ella la apretó juntó a su pecho dormido, pues había pensado que nunca la recuperaría. Después le alargó a Adela la página que había arrancado antes. Se acercó y le susurró al oído:

- Eterna...

Adela asintió. Ahora lo sabía.

Se dieron la mano, despertando los cascabeles del traje de la de ojos verdes. Casiopea, adormecida en el pecho de la de ojos marrones, levantó la cabeza buscando el sonido tintineante.

Se alejaron en silencio, un silencio cómodo y agradable que por fin no era necesario romper.



*By Isabel Grábalos Licensed Under a Creative Commons License.

lunes, 10 de noviembre de 2008

XXI

A veces, hay tantas cosas que escribir que no se sabe por donde empezar. Hace más de una semana que explotó la bomba en la universidad, pero aún se notan sus efectos. Yo, al menos, sigo convaleciente de la intoxicación que sufrimos el miércoles pasado a causa de unos gases retenidos después del incendio (a causa, al parecer, de ciertas sustancias que había en la propia bomba).

No me gusta la política, ni mucho menos la prosa sin literatura, pero creo que por una vez voy a hacer una excepción para escribir sobre todo lo que he estado reflexionando. Algo va mal, rematadamente mal. No sé si es por la misma democracia que mató a Sócrates, o porque todavía no hemos aprendido a utilizarla bien. No hay un modelo ideal, pero están en nuestras manos mejorar en la medida de lo posible el que tenemos. No quiero decir que el terrorismo sea un error de la democracia, ni mucho menos. Pero sí que lo jóvenes de ahora dejamos pasar la vida sin darnos cuenta, entre televisión, ordenador, y juerga. No nos importa demasiado la política porque no tiene nada que aportarnos.

Y tal vez por eso tenga que explotar una bomba para recordarnos que la política no es simplemente ese juego de ideologías que se ha venido desarrollando en los últimos tiempos. Para los antiguos griegos, era la ciencia para organizar una buena sociedad, como lo es la ética para una buena vida. Cada época tiene sus movimientos y pensamiento propios, y los únicos capaces de crearlos y sacarlos adelante son aquellos que viven en esa misma época. Por eso, los jóvenes de ahora tenemos en nuestras manos cómo sea la sociedad del futuro. Nadie dijo que fuera fácil, o que se pudiera lograr la perfección. Lo que es seguro es que no podremos hacer nada tirados en el sillón.

Durante el último siglo, tal vez, algo más, dos grandes ideologías se han ido pasando la pelota de la sociedad, mal resumidas es derecha e izquierda. Cada una de ellas cumplió su función en su momento, buenas, y desvelaron sus horrores en sus extremos, ambos. Sin embargo, ahora sólo son dos idearios desfasados que sólo sirven para ser arrojados los unos contra los otros. Sus militantes se aferran a ellos como a un estandarte sin tener en cuenta que su lucha ya no vale su guerra.

La modernidad en la que se gestaron ha cambiado radicalmente, el mundo que conocemos nosotros no es el mismo de nuestros padres o abuelos, y en esta generación, esto es especialmente patente. Estamos en una época de crisis, no económica, sino ideológica, porque no hemos sabido adaptar los viejos modos de pensar a nuestra nueva dinámica de vida. Hemos perdido todos nuestros valores por el camino. (Tal vez por eso tienen en parte un nuevo sentido fenómenos como las tribus urbanas). Es necesaria una renovación, algo realmente nuevo que comience de cero y olvide por fin el viejo mundo bipolar. Una anideología. Sobre su contenido, aún queda mucho por andar, pero algo es seguro, es hora de levantarnos y recordar quiénes somos, y qué libertad tenemos derecho a soñar.

viernes, 31 de octubre de 2008

ETA

Esta mañana salí para clase como siempre... es decir, tarde. Fui caminando. Llegué a mi edificio de destino, el Central de la Universidad de Navarra, por el parking, y escuchando tranquilamente Nightwish (¿o era System of a Down?), pasé por delante de un Peugeot blanco. Claro que no me di cuenta, porque iba a lo mío.

Como no iba a interrumpir la clase, me senté fuera, en el pasillo, y me puse a ver vídeos de ballet en YouTube con el portátil. Estaba eligiendo la música para un baile. En cuanto salieron, me trasladé tal cual a una mesa del aula.

A las once en punto vi que el profesor entraba en clase y pensé “vaya, tendré que quitarme los cascos”... pero por suerte no lo hice, y dirigí una última mirada de despedida a la bailarina de la pantalla, mientras una agradable melodía de “El Corsario” resbalaba por mis oídos. En ese preciso instante, la pantalla vibró cual si fuera líquida, y la música desapareció como por ensalmo. Las ventanas se abrieron de golpe, como si un dragón invisible hubiera penetrado furioso a través de ellas. Por una décima de segundo pensé “vendaval”, pero el sordo rugido que lo acompañó, y la llamarada (redonda, bullente) que subió junto a la ventana desmintieron esa peregrina idea. Tembló todo de tal manera que no sabría distinguir entre el ruido en mi cabeza o el terremoto en mi cuerpo. Sonido y movimiento, todo era lo mismo, un apocalipsis sordo, que se sentía más dentro que fuera. Vacío.

A estas horas de la noche todavía les pitan los oídos a mis compañeros. A mí no. Yo no oí lo que ellos oyeron. En mis oídos había música silenciosa.

Antes de que mi mente reaccionara, ya me temblaba todo el cuerpo. Tal vez nunca perdió la convulsión de la explosión. Tras un segundo de desconcierto e inmovilidad, como somos así de inconscientes, todos corrimos a la ventana. Gateé por la mesa sin darme cuenta de que estaba enchufada al ordenador por los cascos, que saltaron por sí solos, con tal de ver algo por encima de las cabezas de los demás. Pensé que había sido un accidente, que tal vez un coche había explotado o se habían chocado dos de ellos. Así de rodillas, estirando el cuello vi una humareda negra y llamas que subían, pero antes de que pudiera siquiera enfocar alguien gritó: “¡podría haber otra!”. Entonces caí en la cuenta, nebulosamente, de que podía ser algo realmente maligno y peligroso.

Inmediatamente salimos todos hacia la salida. Por el camino, pasé por delante de mi sitio e instintivamente bajé la tapa de mi portátil, a pesar de abandonarlo atrás, como para protegerlo de otro estremecimiento como el anterior. Ya en la puerta, vi como un compañero regresaba a por sus cosas, y pensé "¡una mierda!" y volví. Metí el portátil, los cables y el paraguas, el abrigo y la bufanda en la mochila de golpe. Me puse especialmente nerviosa tratando de desenchufar al cable de la pared. No cedía, y yo me quedaba en clase. Di un último tirón y salí escopeteada.

Una vez en el pasillo nos quedamos parados, sin saber muy bien qué hacer. Nos sentíamos más seguros, y la gente se iba calmando, así que me tomé la molestia de ponerme el abrigo y la bufanda y reordenar mi mochila. Entonces oímos ruidos en el baño contiguo a nuestra aula. Golpes repetitivos. Creí que las ventanas, también abiertas, estarían batiéndose.

Abrí la puerta, y barrió miles de cristalitos minúsculos. Las ventanas no estaban abiertas. Habían reventado, y la metralla de cristal había llegado al otro extremo. Los golpes continuaban. Eran en una de las cabinas, había una señora encerrada. Un compañero abrió la puerta a patadas, mientras otra le daba instrucciones a la mujer de apartarse. Cuando salió, estaba totalmente conmocionada, al borde de una crisis nerviosa. Le ayudamos a caminar un poco y luego se dirigió a su despacho.

También el profesor estaba bloqueado. Sin que fuera apenas audible, incluso sugirió que esperásemos un poco a ver si se podía reanudar la clase. Luego supe que a ese profesor tuvo que llevárselo la policía, porque estaba en estado de shock. En ese momento apareció otra profesora por las escaleras y nos gritó que corriéramos a la otra ala del edificio y lo evacuásemos. No nos hicimos de rogar. En unos minutos estábamos en el vestíbulo.

Fui saludando a las personas que conocía, como para hacerles ver que estaba bien, y que me alegraba de que también lo estuvieran. Una no me contestó... estaba sentada en un banco mirando al infinito, ausente. Distinguía a mis compañeros de clase al correr, pero entonces me di cuenta de que había una chica que no había visto en ningún momento. Le busqué por todos lados, pero finalmente desistí al ver la desbandada de gente que nos dispersaba. Una vez fuera, me giré ante la cara de horror de una compañera y vi por primera vez la enorme columna de humo negro. En ese preciso instante fui consciente por primera vez de lo que había ocurrido. Una bomba. Una bomba. ETA.


Me di cuenta de que tenía el móvil sin batería, así que mandé un mensaje a mi madre tranquilizándola, el cual nunca llegaría por barrido inhibidor de ondas de la policía. Nos hicieron correr al otro extremo del campus, y de ahí volví rápidamente a casa para tranquilizar a todos. Mi familia estaba angustiada, porque no sabían nada de mí. Conecté el móvil, y empecé a llamar a todas las personas que lo habrían encontrado apagado. Una amiga me cogió llorando, pensando que me había ocurrido algo. Llamaron otras muchas personas de primeras. Hice algunas perdidas. Me llamó un compañero de la cuadrilla diciendo que estaban juntos, y que sólo faltábamos dos por localizar. Una era yo. La otra, esa compañera a la que yo no había visto. Le tranquilicé, le dije que estaba en clase pero la había perdido. En ese momento me lo creí. Sabía que no había habido heridos en mi clase. Lo que no sabía era que ella no estaba en el aula.

Me quedé mirando las noticias como embobada y atendiendo y haciendo llamadas toda la mañana. Supe así que mi compañera estaba en la cafetería en el momento de la explosión y había salido directamente, sin recoger el móvil ni nada de la clase.

Quedamos toda la cuadrilla por la tarde para vernos. Yo había estado hablando con mi madre. Creo que fue entonces cuando fui, poco a poco, realmente consciente de lo que había ocurrido. De que habían detonado ochenta kilos de explosivos bajo mi ventana. La cual por suerte se había abierto en lugar de explotar. Que los muros de piedra de sillería de medio metro de grosor nos habían protegido. Que habían explotado los cristales blindados de edificios relativamente lejanos, y los cristales de muchas casas de fuera del campus. Que había una treintena de heridos leves, 17 de ellos temporalmente ingresados. Que había amigos y amigas mías, y otros conocidos, que habían escapado a la muerte por 100 metros de camino, por haber pasado antes, por evitar la lluvia y el frío, por haber decidido pasar por otro lado, por haber salido de su despacho (destrozado) al baño.

De que habíamos sido víctimas de un atentado brutal, y teníamos suerte de estar todos ahí reunidos. Me sentí feliz de tenerlos a mi lado. Y también comprendí, como si nunca antes le hubiera visto, que no podíamos amedrentarnos, aunque luego caminásemos por la calle hechos una piña, contra nuestra costumbre, como si nos persiguieran. Comprendí, que la universidad, las universidades, tenían que hacer frente común y seguir adelante. Porque nosotros somos el futuro.

domingo, 26 de octubre de 2008

Blue



I've gotta save myself from that gloomy me.


That one wich is so happy in the golden autum.

In the silver nights.



Tengo un libretita roja en la que escribo frases que me vienen a la cabeza y dibujo manos, ojos, trozos de edificios... trato de llevarla siempre, para que no se me olviden las cosas. Lo malo es que, en general, nos las seguimos arreglando para no coincidir.

viernes, 10 de octubre de 2008

The Cheshire Cat


Chesire Cat, o Gato Risón, como nos lo tradujo el gigante Disney. Ese gran gato rayado de sonrisa inquietante que nació del genio de Lewis Carroll. Siendo el único que escucha a la pobre Alicia, le muestra, con lógica irrefutable, que las cosas muchas veces son más sencillas de lo que parecen... y le muestra también... que la lógica, compinchada con el lenguaje, puede hacer evidente hasta lo imposible.



Al ver a Alicia, el gato mostró su amplia sonrisa... "¡Este gato esta siempre de buen humor!", pensó la niña... Pero, al ver sus afiladas garras y su larga hilera de dientes, pensó que no estaría de más guardar las distancias.

- Minino de Chesire -comenzó a decir Alicia de forma algo tímida, porque no sabía muy bien si le iba a gustar el nombre que le había dado... El gato extendió aún más su sonrisa.

"Parece que le ha gustado", pensó Alicia y continuó en voz alta:

-¿Podría usted indicarme, por favor, la dirección que debo seguir?
- Eso depende -le contestó el Gato- de a donde quieras ir.
- No me importa el lugar... -dijo Alicia.
- En ese caso - le contestó el Gato- tampoco importa la dirección que tomes.
- ... adonde me dirijo -continuó Alicia-, ¡con tal de llegar a algún lado!
- ¡Eso es fácil! -le contestó el Gato- ¡No tienes más que seguir andando!

¿Cómo negar la lógica aplastante de las palabras del Gato? Alicia prefirió cambiar de tercio:

- ¿Qué clase de personas viven aquí?
- En esa dirección -dijo el Gato, indicando con su pata derecha- vive un Sombrerero, y en esa otra -dijo señalando con la otra pata- vive una Liebre de Marzo... Puedes visitar a quien gustes..., ¡los dos están igual de locos!
- Pero si yo no quiero estar entre locos... -objetó la niña.
- Eso es algo que no puedes remediar -le contestó el Gato-, porque aquí... ¡todos lo estamos! ¡Yo lo estoy...! ¡Y tú también lo estás!
- ¿Cómo sabe que estoy loca? - le preguntó la niña.
- Tienes que estarlo -le dijo el Gato-, porque de lo contrario... ¡no estarías aquí!

Alicia no creía que eso fuera una prueba irrefutable, pero decidió pasarlo por alto y siguió preguntando:

- ¿Y cómo podría probarme que está usted loco?
- ¡Eso es fácil! -le comentó el Gato-. Comencemos. Premisa mayor. El perro no es un animal loco. ¿Estás de acuerdo?
- Supongo que sí -dijo Alicia.
- Bien. Premisa menor. El perro gruñe cuando está enfadado y mueve la cola cuando está contento. Yo hago justamente lo contrario. Muevo el rabo cuando estoy enfadado y gruño cuando estoy contento. Luego... ¡yo estoy loco!

(...)

¡Y hágame el favor de no aparecer y desaparecer de forma tan súbita! ¡Me está usted mareando!
- ¡Cómo gustes! -le dijo el Gato.

Y en esta ocasión se esfumó muy lentamente, empezando por el extremo de la cola y acabando por la sonrisa de su boca, que permaneció flotando en el aire cuando ya el resto del cuerpo había desaparecido.


sábado, 7 de junio de 2008

Esferas

El proyecto de un grupo de música siempre me ha llamado la atención. Realmente me extasía escuchar música, y entonces siento un enorme impulso de componer la mía propia, de escribir y cantar. Un triste detalle es que generalmente oyes muchos estilos de música, pero sólo puedes interpretar uno si quieres tener cierta coherencia comercial. ¡Qué rabia depender de eso! Pero si hiciera mi propio grupo, tal vez soy demasiado idealista, no sabría, o no querría ceñirme a ello. Haría exactamente la música que me gustaría escuchar, y aunque no fuera fácilmente clasificable, tendría una coherencia propia. Desgraciadamente, este proyecto, por diversas circunstancias, nunca ha salido adelante. Es una dolorosa falta, pero ya ahora estoy estudiando, bailando, escribiendo y dibujando. Por el momento, no da la vida.

Pero en definitiva, es todo lo mismo. Para un alma sensible, hiere lo mismo una bella canción que un hermoso relato. Y se inflama igual el deseo de crear ante una estatua que ante un ballet. ¿Por qué al artista le inspira el arte mismo, por qué no se conforma con la contemplación? ¿Por qué sobre un cuadro escribe un poema, y sobre un poema una canción? Al final el campo es lo de menos, el arte es arte, y punto. Por eso puedo hacer extensible lo que dije antes: “hacer la música que te gustaría escuchar”.

Es lo que hago en otros estilos. Escribo lo que me gustaría leer, dibujo lo que me gustaría mirar, bailo lo que me gustaría transmitir (con la danza es un poco distinto, porque pocas coreografías son propias por ahora, soy más bien una intérprete). Y bajo esa premisa nace cada vez algo diferente. Por eso los relatos y los dibujos son obras completas, redondas, susceptibles de ser perfeccionadas, por supuesto, pero sólo hasta cierto punto, en la medida en la que se parezcan a sí mismas, a su mensaje original. Al escribir lo que me gustaría leer, el ejemplo más fácil y notorio, al ir añadiendo una palabra, una expresión... se hace sólo, como si yo sólo fuera una intermediaria para añadir algo al mundo, que estaba incompleto sin él. Sin ese relato concreto, sin esa única combinación de pensamientos y sentimientos. Y la próxima vez será completamente distinto, y sólo podré controlarlo un poco, porque si cambiara una sola palabra arbitrariamente, de las que fluyen por sí mismas, perdería su armonía por completo. Otra cosa, repito, es pulirla porque en ocasiones al plasmarlo pierde parecido consigo mismo.

Sé que todo esto suena un poco raro, como si las obras de arte estuvieran esperando en alguna parte a ser traídas al mundo. No es así. Pero el mundo está incompleto, a nuestros ojos, de un modo concreto, cada vez que nos sentamos ante el papel, la partitura... Y lo único que hacemos es responder a esa necesidad imperiosa que nos invade detalle a detalle, como puliendo una esfera. Y cuando la terminamos, el mundo ha cambiado, nosotros también, haremos cosas antes de volver a sentarnos, evolucionaremos... y empezaremos otra esfera nueva. Y cada vez el mundo será más hermoso, pero nunca lo suficiente. Y cada una de esas esferas, será como un niño pequeño, que hay que mimar, cuidar, amar, hasta que alcance su madurez, y después, para que no lo hieran, no lo manchen.

Nunca terminamos una obra, salvo en el preciso momento en el que se nos hizo presente, antes de empezarla. Y no me refiero a modificarla –ojalá no sea necesario, fuera de las correcciones básicas–. Si no a quererla, difundirla, pensarla, entenderla más profundamente, explicarla. Porque adquieren, al nacer, una extraña inefabilidad, incluso para el propio autor, precisamente porque todo lo que se podía decir está ahí mismo. Y están ahí para siempre, vivas sólo cuando se les atiende, y a quien más anhelan, a quien siempre esperarán, es a su propio autor, el único que conoce su sentido completo. Porque escribió lo que querría leer, qué menos que leerlo luego. Aunque en ocasiones sea difícil, terrible incluso, para su pudor. Para los demás será siempre un eterno enigma del que sacar algo nuevo, para el autor, un amor que nunca dejará de inspirarle más. Que puede convertirse en odio, por supuesto. Y muchas veces lo hace. Pero nunca es indiferencia. Por eso, cuando un artista muere, nos deja una antología de misterios. Un poquito tristes ante los varios intérpretes, pero tal vez por eso más maravillosos.




[1]La imagen es de la portada del disco Nigthfall in Middle Earth, de Blind Guardian.