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jueves, 24 de febrero de 2011

Esto también es arte

(Pulsa en el título para leer la entrada completa)

Este fin de semana se ha celebrado en Madrid la feria de arte contemporáneo ARCO. Ahora que poco a poco he podido asimilar lo visto, es hora de plasmarlo en letras.

O mejor dicho, ya que una imagen vale más que mil palabras, más de lo que yo pueda decir lo plasmarán mis fotografías, que podréis ver después del salto de página.

A pesar de todo, hay muchas cosas que quedan abiertas al regresar a casa. ARCO, como toda feria, ofrece en docenas de stands, en este caso pertenecientes a las galerías, cientos, tal vez miles, de obras cuya calidad se considera la más alta.

Soy de aquellas personas que ante la duda, prefieren no poner demasiadas obras de arte una junto a otra, porque me da la sensación de que ocurre como con los perfumes, que la sensibilidad se colapsa a veces por exceso de información. Naturalmente que puedo pasar horas y horas viendo una obra tras otra... pero una tras otra. Me perturba enormemente cuando, por más que pretenda ver una sola, cinco obras se encuentran en mi ámbito visual. Puede ser una cuestión meramente subjetiva, pero me plantea la cuestión de cómo vemos el arte en la actualidad. ARCO es una oportunidad maravillosa para acercar cientos de obras a miles de personas, muchas de las cuales difícilmente encontrarán una ocasión semejante en nuestra sociedad de máximo resultado en el mínimo tiempo. No tengo crítica para esa iniciativa maravillosa.

Pero por un momento me he preguntado cómo sería vivir en una sociedad en la que la gente percibiera hasta qué punto el arte hace presente su dimensión humana y una feria de arte, por definición, fuera tan impensable como un mercado de esclavos. Donde la gente no necesitara de un macroevento para llevar a sus niños a ampliar su sensibilidad más allá de los cuadros de los libros de historia, a abrirse a las nuevas creaciones, a la nueva presencia de la mujer, a la experimentación con las nuevas tecnologías. No sé, vivir en un mundo donde a los niños se les educara en lugar de darles formación técnica, (o se les adoctrinara, como les gustaría a algunos), donde en lugar de "profesionales" y "ciudadanos" se formaran seres humanos: es una empresa que ya a Platón le quedó grande... pero qué bonito sería.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Stand Alone Complex


¿Tal vez padezco Complejo de Autosuficiencia?

¿Tal vez tanta producción, tanta promesa, tanto blog y tanto ensayo no son más que un copycat más de todos aquellos que se creen capaces de cambiar el mundo? ¿Para qué tanta filosofía? ¿Tal vez soy demasiado inocente desde detrás de mi teclado? ¿Cuántas personas habrán querido cambiarlo todo con un libro, un ensayo, una idea?

¿Todo quedará acaso en el olvido? ¿O quizá desencadenará una serie de reacciones y acontecimientos que no espero? ¿Si soy una más, no somos multitud? El poder de esa multitud es que cada uno actúa solo, a su manera, sin contacto real, cada uno según sus ideas... pero persiguiendo lo mismo. Cada uno se cree autosuficiente. Si soy la primera, ¿no puedo hacer multitud, puedo mover a la masa? ¿Puedo hacer algo real de una idea surrealista?

¿Cómo sé si soy el original o una copia? ¿Quién instiga la revolución? ¡¿Cómo lograr el cambio?, veo tanto, veo tanto que cambiar! Pero. ¿quién soy yo? ¿Qué papel tengo? ¿Es que hay alguien capaz de combatir la injusticia?

Y sin embargo, ¿acaso debo actuar como una sordomuda ante todo ello?

"I thought what I'd do was, I'd pretend I was one of those deaf-mutes." (Salinger)

¿Caer en la desesperación de enfrentarme a una máquina social perfecta, automática?



No.



Todavía soy demasiado idealista.



Soy libre.

miércoles, 3 de junio de 2009

Imperativo de un Genio


El prólogo de las Investigaciones Filosóficas inevitablemete se presta a la comparación. La comparación con el del libro anterior de Wittgenstein, el Tractatus Logico-Philosophicus, la comparación con la propia vida.

Es curioso como, habiendo cambiado tanto que se puede hablar de un primer y de un segundo Wittgenstein, en realidad haya cambiado tan poco. Él mismo afirma que su pensamiento, incluyendo el erróneo Tractatus, debe verse como un todo, como una evolución, por lo cual sus dos libros de filosofía deberían ser publicados conjuntamente. Es en cierto modo el deseo del creador de ver su prole como algo completo, comprensible y sin favoritismos que pudieran hacer perder parte de ello. Me recuerda a Jorge Guillén, el autor de la generación del '27 que reunió todas sus obras de poesía
(las cuales iba engrosando en cada edición) bajo un mismo título, Aire Nuestro. Recuerdo que cuando supe eso (era sólo una adolescente) me llamó mucho la atención, y me pareció las idea más coherente y hermosa del mundo.

Con todo, la propia actitud de Wittgenstein ante el Tractatus y las Investigaciones es absolutamente opuesta. Podría resumirse en el paso de la orgullosa aserción, “la verdad de los pensamientos aquí comunicados me parece, en cambio, intocable y definitiva”[1], a “Me hubiera gustado producir un buen libro”[2]. Cuando las Investigaciones Filosóficas son, qué duda cabe, un libro fundamental. Y tal vez lo sean precisamente por eso. La soberbia injustificada es una preocupación constante en la vida de Wittgenstein, y es un auténtico deleite ver en sus últimos escritos ese carácter amansado por los años que imaginamos en una persona lograda.

Otro detalle llamativo de la unidad de Wittgenstein es el estilo. A
pesar del paso del tiempo, nunca llega a escribir un libro con una redacción continuada. Lo que en el Tractatus eran aforismos, en las Investigaciones son anotaciones más extensas, pero anotaciones al fin y al cabo. Se trata de fragmentos sobre temas específicos, que si bien tienen una relación lógica, evidente para quien capte su esencia, resultarían dificilísimos de coordinar linealmente. En lugar de centrarse en la resolución de un problema, el autor va acumulando docenas de pequeñas cuestiones apremiantes que no pueden dejarse de lado, pero se solapan unas con otras, y aunque forman un todo unitario, éste resulta casi imposible de explicitar.

He de decir que este detalle me sirve personalmente de gran consuelo. Cierta especie de responsabilidad laboral parece instigar a la especialización y al discurso específico. Por otra parte, miles de ideas sin conexión visible bullen en mi mente, y dan la sensación de no llegar a buen término jamás, como quien quiere picar un poco de todo y todo de nada. Parecen tener vocación de naufragio, de diluirse en demasiados frentes que luego no habrán de llegar a puertos concretos. Y sin embargo, se han escrito libros de ese modo. Tal vez, sólo tal vez, sea posible.

Sin embargo, hay en mí un temor que no parece tan fácil de disipar. Y es precisamente el de la ya citada soberbia, el de llegar a creer que pudiera hacer algo por encima de mi alcance. Temo, supongo, abrir mi gran boca de buzón para decir, tengo éste proyecto, tales ideas bullen en mi cabeza, para que luego no resulten una realidad tangible, que todas esas intuiciones viscerales no lleguen nunca a tener un verdadero rigor lógico, bien por falta de talento, bien por falta de constancia o disciplina. Lo primero es una posibilidad real, lo segundo un hecho de facto en la actualidad. Que por no saber dejar de arañar el todo o nada, y no resignarme a la nada, me crea capaz de más de lo que me es legítimo. Y al mismo tiempo, no puedo escapar al imperativo moral de intentarlo, no fuera a ser capaz.

*****

Cuando Wittgenstein escribe, al final del prólogo a las Investigaciones, “quisiera (...), si fuera posible, estimular a alguien a tener pensamientos propios”[3], siento que me increpa personalmente, y se me encabritan el estómago, la mente y las ideas que se agazapan al fondo de ella.

Pero no he de reconocerlo en voz alta.


[1] Wittgenstein, L., Tractatus Logico-Philosophicus, Alianza Editorial, 1987, p. 13.

[2] Wittgenstein, L., Investigaciones Filosóficas (trad.cast. A. García Suárez, U. Moulines), ed. Crítica, Barcelona, 1988. Prólogo.

[3] Wittgenstein, L., Investigaciones Filosóficas (trad.cast. A. García Suárez, U. Moulines), ed. Crítica, Barcelona, 1988. Prólogo.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Sueños

Oihane sale de clase encantada. La razón de que vaya dando saltitos por la calle está en la mochila rosa que sujeta su madre. En ella está su ropa de ballet, zapatillas, medias, malla. Hoy podrá utilizarlas.

Una vez en la academia, corre a los vestuarios a buscar a sus compañeras. Está ahí su amiga del alma, compañera del colegio. Empiezan a gastar bromas rápidamente, convirtiendo en juego cualquier situación. Una niña pelirroja y pecosa, sentada en un banco, les observa con timidez, sonriendo suavemente. Lleva una larga coleta, que no sabe recogerse en el moño reglamentario, así que sus compañeras se lo hacen, encantadas de jugar con tan adorable muñeca.

Mientras le ayuda, Oihane lanza miradas,furtivas a la puerta cerrada del baño. Cuando oyen el chasquido del pestillo, las niñas se arremolinan alrededor parloteando sin parar, como si llevaran todo el rato en el pasillo. La joven de dentro ya está vestida con ropa de baile. A diferencia de las niñas, que llevan todas una malla rosa salmón, la monitora va de negro. Lleva tirante fino y medias oscureciéndole los brazos. A veces viste falda, a veces calentadores. Las niñas sueñan con el día en que tengan el privilegio de elegir su ropa y variarla en lugar de llevar uniforme.

La profesora abre la puerta del estudio, dejando salir a las “pequeñas”. La mujer da la clase, y la monitora se pone obedientemente al frente de las niñas como una más. Su papel es de azafata, que ejemplifica las indicaciones de la maestra.

Oihane la observa para repetir todo lo que hace. La maestra ordena que se pongan de puntillas, y las pequeñas dirigen inmediatamente sus miradas a los pies de la maniquí. Lleva zapatillas de punta y estira flexiblemente el empeine para colocarse totalmente erguida sobre ellas. Oihane se ríe de emoción por dentro, porque eso le hace recordar que en enero ellas también empezarán a ensayar en puntas.

Cuando las niñas salen para volver a casa, la monitora se queda en clase. Entra otra “mayor”. Trabajarán hasta tarde. Oihane decide por fin hacer algo a lo que nunca se había atrevido. Se asoma por la puerta a ver cómo bailan las dos chicas. Pero se están cambiando de zapatillas mientras charlan. Oihane puede ver sus dedos ensangrentados.

Al girarse, Oihane se encuentra de frente con la frágil niña pelirroja. Le invita a que se asome, pero ella niega con la cabeza.

- Ya le he dicho a mi abuela –le explica muy seria–, que yo quiero aprender a bailar muy bien, pero no ser bailarina.

Oihane abre la boca para replicarle que no le importa, que ella sí va a ser bailarina, una bailarina tan buena como las mayores, y que saldrá en los teatros. Pero por alguna razón no le salen las palabras. Se mira los pies, enfundados en unas botitas floreadas. Y sale corriendo a buscar a su madre.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Hace un otoño...

Adela caminaba con firmeza, sabía que dirección tomar. Se lo indicaba la carta de baraja que palpitaba en su mano. Sin prisa, eso sí, pues no quería dejar atrás a su querida Casiopea. Finalmente, se volvió y tomó a la cansada tortuguita en brazos.

Los edificios y sus habitantes fluctuaban a sus lados como sombras. Después de la luz serena de ese templo de la sabiduría donde su alma había descansado, el mundo aparecía borroso ante sus ojos.

Llegó por fin a una plaza redonda, gris. En su centro, una fuente redonda, gris. Con agua metálica, gris. Sentada en el borde, una delgada figura de negro y rojo.

Era un arlequín (se había pintado así por cierto libro de Jostein Gaardner.) Un arlequín triste. Un arlequín que había vivido acompañada en el templo de la sabiduría, el mismo del que venía Adela, pero se había marchado de allí al quedarse sola, dejando su corazón en el suelo. Casiopea lo había encontrado. Adela lo llevaba en la mano.

Ahora, acurrucada en la fuente, dejaba que negras lágrimas emborronaran su maquillaje blanco, antes de esconderse entre sus labios rojos. Antes gustaba de escuchar, y no se había dado cuenta de que por sus silencios nadie la echaría en falta. Que su destino sería desvivirse por quienes la olvidarían. Miraba un cómic que no había leído, y pasaba las páginas en su regazo, buscando y observando siempre un mismo personaje.

- ¿Eres The Jolly Joker? –preguntó Adela.

El arlequín levantó la cabeza, desconcertada. Arrancó la hoja que tenía delante y se puso de pie, mirándola a la cara.

- Soy Adela.

El arlequín hizo un gesto de sorpresa, y luego sonrió irónicamente. Porque por fin había comprendido, y sabía otros muchos nombres para ella.

Se hundieron la una en los ojos de la otra. Vieron todo el daño que se harían, y las vendas que se pondrían, vieron los abismos que explorarían al conversar, los secretos que se dirían, y los que tardarían sangre en sacarse. Vieron que ambas llevaban en el pecho las medallas de sus Amores, tan distintos y tan similares. Se vieron dibujar, bailar, escribir. Reír hablando un idioma extranjero ante un té.

Ambas habían renacido en el templo de la sabiduría, y ya no tenían miedo. Habían terminado de esperar, y ahora sólo les quedaba crecer juntas. Ya no volverían a estar solas, y sabrían al fin reunir a otros a su alrededor.

Adela le tendió al arlequín su carta. Ella la apretó juntó a su pecho dormido, pues había pensado que nunca la recuperaría. Después le alargó a Adela la página que había arrancado antes. Se acercó y le susurró al oído:

- Eterna...

Adela asintió. Ahora lo sabía.

Se dieron la mano, despertando los cascabeles del traje de la de ojos verdes. Casiopea, adormecida en el pecho de la de ojos marrones, levantó la cabeza buscando el sonido tintineante.

Se alejaron en silencio, un silencio cómodo y agradable que por fin no era necesario romper.



*By Isabel Grábalos Licensed Under a Creative Commons License.

lunes, 10 de noviembre de 2008

XXI

A veces, hay tantas cosas que escribir que no se sabe por donde empezar. Hace más de una semana que explotó la bomba en la universidad, pero aún se notan sus efectos. Yo, al menos, sigo convaleciente de la intoxicación que sufrimos el miércoles pasado a causa de unos gases retenidos después del incendio (a causa, al parecer, de ciertas sustancias que había en la propia bomba).

No me gusta la política, ni mucho menos la prosa sin literatura, pero creo que por una vez voy a hacer una excepción para escribir sobre todo lo que he estado reflexionando. Algo va mal, rematadamente mal. No sé si es por la misma democracia que mató a Sócrates, o porque todavía no hemos aprendido a utilizarla bien. No hay un modelo ideal, pero están en nuestras manos mejorar en la medida de lo posible el que tenemos. No quiero decir que el terrorismo sea un error de la democracia, ni mucho menos. Pero sí que lo jóvenes de ahora dejamos pasar la vida sin darnos cuenta, entre televisión, ordenador, y juerga. No nos importa demasiado la política porque no tiene nada que aportarnos.

Y tal vez por eso tenga que explotar una bomba para recordarnos que la política no es simplemente ese juego de ideologías que se ha venido desarrollando en los últimos tiempos. Para los antiguos griegos, era la ciencia para organizar una buena sociedad, como lo es la ética para una buena vida. Cada época tiene sus movimientos y pensamiento propios, y los únicos capaces de crearlos y sacarlos adelante son aquellos que viven en esa misma época. Por eso, los jóvenes de ahora tenemos en nuestras manos cómo sea la sociedad del futuro. Nadie dijo que fuera fácil, o que se pudiera lograr la perfección. Lo que es seguro es que no podremos hacer nada tirados en el sillón.

Durante el último siglo, tal vez, algo más, dos grandes ideologías se han ido pasando la pelota de la sociedad, mal resumidas es derecha e izquierda. Cada una de ellas cumplió su función en su momento, buenas, y desvelaron sus horrores en sus extremos, ambos. Sin embargo, ahora sólo son dos idearios desfasados que sólo sirven para ser arrojados los unos contra los otros. Sus militantes se aferran a ellos como a un estandarte sin tener en cuenta que su lucha ya no vale su guerra.

La modernidad en la que se gestaron ha cambiado radicalmente, el mundo que conocemos nosotros no es el mismo de nuestros padres o abuelos, y en esta generación, esto es especialmente patente. Estamos en una época de crisis, no económica, sino ideológica, porque no hemos sabido adaptar los viejos modos de pensar a nuestra nueva dinámica de vida. Hemos perdido todos nuestros valores por el camino. (Tal vez por eso tienen en parte un nuevo sentido fenómenos como las tribus urbanas). Es necesaria una renovación, algo realmente nuevo que comience de cero y olvide por fin el viejo mundo bipolar. Una anideología. Sobre su contenido, aún queda mucho por andar, pero algo es seguro, es hora de levantarnos y recordar quiénes somos, y qué libertad tenemos derecho a soñar.

domingo, 26 de octubre de 2008

Blue



I've gotta save myself from that gloomy me.


That one wich is so happy in the golden autum.

In the silver nights.



Tengo un libretita roja en la que escribo frases que me vienen a la cabeza y dibujo manos, ojos, trozos de edificios... trato de llevarla siempre, para que no se me olviden las cosas. Lo malo es que, en general, nos las seguimos arreglando para no coincidir.

sábado, 7 de junio de 2008

Esferas

El proyecto de un grupo de música siempre me ha llamado la atención. Realmente me extasía escuchar música, y entonces siento un enorme impulso de componer la mía propia, de escribir y cantar. Un triste detalle es que generalmente oyes muchos estilos de música, pero sólo puedes interpretar uno si quieres tener cierta coherencia comercial. ¡Qué rabia depender de eso! Pero si hiciera mi propio grupo, tal vez soy demasiado idealista, no sabría, o no querría ceñirme a ello. Haría exactamente la música que me gustaría escuchar, y aunque no fuera fácilmente clasificable, tendría una coherencia propia. Desgraciadamente, este proyecto, por diversas circunstancias, nunca ha salido adelante. Es una dolorosa falta, pero ya ahora estoy estudiando, bailando, escribiendo y dibujando. Por el momento, no da la vida.

Pero en definitiva, es todo lo mismo. Para un alma sensible, hiere lo mismo una bella canción que un hermoso relato. Y se inflama igual el deseo de crear ante una estatua que ante un ballet. ¿Por qué al artista le inspira el arte mismo, por qué no se conforma con la contemplación? ¿Por qué sobre un cuadro escribe un poema, y sobre un poema una canción? Al final el campo es lo de menos, el arte es arte, y punto. Por eso puedo hacer extensible lo que dije antes: “hacer la música que te gustaría escuchar”.

Es lo que hago en otros estilos. Escribo lo que me gustaría leer, dibujo lo que me gustaría mirar, bailo lo que me gustaría transmitir (con la danza es un poco distinto, porque pocas coreografías son propias por ahora, soy más bien una intérprete). Y bajo esa premisa nace cada vez algo diferente. Por eso los relatos y los dibujos son obras completas, redondas, susceptibles de ser perfeccionadas, por supuesto, pero sólo hasta cierto punto, en la medida en la que se parezcan a sí mismas, a su mensaje original. Al escribir lo que me gustaría leer, el ejemplo más fácil y notorio, al ir añadiendo una palabra, una expresión... se hace sólo, como si yo sólo fuera una intermediaria para añadir algo al mundo, que estaba incompleto sin él. Sin ese relato concreto, sin esa única combinación de pensamientos y sentimientos. Y la próxima vez será completamente distinto, y sólo podré controlarlo un poco, porque si cambiara una sola palabra arbitrariamente, de las que fluyen por sí mismas, perdería su armonía por completo. Otra cosa, repito, es pulirla porque en ocasiones al plasmarlo pierde parecido consigo mismo.

Sé que todo esto suena un poco raro, como si las obras de arte estuvieran esperando en alguna parte a ser traídas al mundo. No es así. Pero el mundo está incompleto, a nuestros ojos, de un modo concreto, cada vez que nos sentamos ante el papel, la partitura... Y lo único que hacemos es responder a esa necesidad imperiosa que nos invade detalle a detalle, como puliendo una esfera. Y cuando la terminamos, el mundo ha cambiado, nosotros también, haremos cosas antes de volver a sentarnos, evolucionaremos... y empezaremos otra esfera nueva. Y cada vez el mundo será más hermoso, pero nunca lo suficiente. Y cada una de esas esferas, será como un niño pequeño, que hay que mimar, cuidar, amar, hasta que alcance su madurez, y después, para que no lo hieran, no lo manchen.

Nunca terminamos una obra, salvo en el preciso momento en el que se nos hizo presente, antes de empezarla. Y no me refiero a modificarla –ojalá no sea necesario, fuera de las correcciones básicas–. Si no a quererla, difundirla, pensarla, entenderla más profundamente, explicarla. Porque adquieren, al nacer, una extraña inefabilidad, incluso para el propio autor, precisamente porque todo lo que se podía decir está ahí mismo. Y están ahí para siempre, vivas sólo cuando se les atiende, y a quien más anhelan, a quien siempre esperarán, es a su propio autor, el único que conoce su sentido completo. Porque escribió lo que querría leer, qué menos que leerlo luego. Aunque en ocasiones sea difícil, terrible incluso, para su pudor. Para los demás será siempre un eterno enigma del que sacar algo nuevo, para el autor, un amor que nunca dejará de inspirarle más. Que puede convertirse en odio, por supuesto. Y muchas veces lo hace. Pero nunca es indiferencia. Por eso, cuando un artista muere, nos deja una antología de misterios. Un poquito tristes ante los varios intérpretes, pero tal vez por eso más maravillosos.




[1]La imagen es de la portada del disco Nigthfall in Middle Earth, de Blind Guardian.

sábado, 24 de mayo de 2008

At Darlington Hall

Sobre las entradas, Filosofear, Enanos con mal genio, En la mediocridad del vestíbulo y De vida o muerte, de Philip Muller.

Para empezar, me encantan tus entradas. Escribes genial, y no solo es el cómo escribas, sino qué escribes. Se nota que te planteas las cosas, que no las das por sentado. Pero hay algunos puntos sobre los que me gustaría abrir un pequeño debate y, como los comentarios no están para extenderse demasiado (originalmente esto iba a ser un comentario), y me parece que puede ser interesante para todo el que lo quiera leer, te dedico una entrada en mi blog. Escribo en segunda persona por que me resulta más sencillo en este caso, para no perder la referencia pero, repito, es para todo el que lo quiera leer. Haciendo click sobre la imagen se va a los originales.

Estoy de acuerdo a grandes rasgos con Filosofear, Enanos..., En la mediocridad..., y De Vida... Léanse. Pero en todos ellos hay como un pensamiento de fondo, una idea que me llama la atención. Sobre todo esta muy marcada en Filosofear y En la mediocridad... Por eso los comento juntos.

Por un lado hay como una especie de realismo, de autocrítica insalvable, que se puede resumir en "sólo soy un alumno de primero", y parece no tener solución, salvo esperar al título universitario, a ser un Rimbaud, a llegar a tener un día delicioso, a descubrir por qué la vida es valiosa. Algo así como deseos imposibles.

Y sin embargo también dejas mostrar como que hay personas que logran ese imposible, o que podrían estar haciéndolo sin que tú participes.

No creo que las cosas sean así. Mejor dicho, lo son hasta cierto punto. Hasta en el momento en el que se te "va la autoestima" por decirlo de algún modo. La mediocridad no es un mal insuperable, es común, sí, nunca será suficientemente eliminada en uno mismo, eso también, pero se puede avanzar. Y la carrera de filosofía no es para tener un título, es para aplicarla a tu vida. Y si te dicen que lo pareces, créetelo, igual es lo único que te falta para empezar a serlo. No es necesario estudiar filosofía para ser filósofo, no tiene que ver con la edad. Dices, se ha dicho, yo misma lo tengo en una de mis imágenes laterales, que el filósofo es el que tiene capacidad de asombro. Pero nunca lo lograrás si esperas al amanecer perfecto, por que no llegará. A asombrarse por todo se aprende, como a todo. Y se aprende mirando. Mirando hasta que te das cuenta de lo extraordinario que es eso que has visto. Sólo es necesario planteártelo, ver eso como lo vería un niño. No es algo que tienen algunos, sino una actitud que se adopta. Y cualquiera puede hacerlo.

En cuanto al derecho a criticar, te han comentado que "To have a right to do a thing is not at all the same as to be right in doing it". Es cierto. Pero creo que el asunto está mal enfocado. Eso puede aplicarse a los adolescentes, sí, pero este no es el caso. Y si lo es, es problema del sujeto en cuestión. Cómo te consideres a ti mismo, no lo sé, pero te diré una cosa. Ante una crítica a la sociedad, (con esto no quiero legitimar el raje en general), la pregunta no es qué derecho tiene el que la formula, sino si está bien fundada. Es más, no es un derecho, sino un deber. La sociedad no es un mundo ideal, pero el conformismo es la clave de su éxito. No sirve de nada dedicarse a cambiar el mundo en una sala de estar, pero quienes son conscientes de sus errores (y aciertos), están en la obligación de denunciarlos, para que la sociedad evolucione. Ésta lo ha hecho gracias a núcleos pensantes. Y no hay edad límite, sólo pensamientos válidos o no. No puedes esperar a que los apuntes te hagan pensar, sólo sirven de material de base (que es mucho), pero lo que desarrolles es sólo tuyo. ¿No tienes la inquietud de aportar? Por que habiendo leído tus ensayos, creo que tienes el potencial de hacerlo. De hecho espero que lo hagas. Y si llegas a licenciarte sin haberte asombrado por nada, da igual el título, da igual, no serás un filósofo. Aunque seamos muy pocas las personas que lo dudemos.

Pero no será necesario, por que sin darte cuenta lo eres. Sin darte cuenta, criticas a los que critican, los estudiantes, a ti mismo, a las personas prepotentes, a la mediocridad. Tenemos mucho que aprender, sí, pero no podemos esperar a terminar de asimilarlo todo para hacer algo, (aunque sólo sea en el ámbito de una clase universitaria), por que ese momento nunca llegará. Tenemos que ser humildes para ser sabios, sí, por que si no no avanzaremos ni estaremos en la verdad, pero en cada momento tenemos que arreglárnoslas con lo que tenemos.

Por que la sociedad es responsabilidad de la universidades. Y de aquellos que, no estando en una, posean ese espíritu. Lo que hagamos será mucho o poco. Tal vez no veamos los resultados. Pero nunca será indiferente. Rimbaud no sabía que lo era. Y hay que intentarlo, no vaya a ser. Tal vez sólo trascienda una frase tuya a la historia. Pero no sabes cual va a ser. Ni cuando la dirás. Así que cuidado con cada una que escribas. Pero la peor tragedia sería que nunca llegaras a formularla.

Y lo mismo ocurre a nivel personal. Que los días sean buenos o deliciosos no es algo vetado a unas pocas personas maravillosas. El valor de la vida, no es algo que demostrado teóricamente pueda darse a la gente como argumento irrefutable de su felicidad. El que la gente se suicide (una tragedia, no es que quisiera que pasase una sola vez más), es lo que demuestra que la felicidad es posible. Por que si existiera un argumento capaz de dar valor a la vida, si el saber que cada día es especial o el amor nos viniera dado, no tendría ninguna gracia. No seríamos felices, seríamos autómatas. Y no tendría sentido escribir. Que tu vida sea una masa informe depende de ti, otra vez. Pasar del vestíbulo a la casa es un paso que se da en cada acción, nadie mora en la casa. Pero muchas personas habitan en el vestíbulo, es cierto. Donde hay que vivir es en el pasillo. El camino de la felicidad es ella misma, y sí, está reñido con la mediocridad.

En realidad, viendo lo que has escrito, tú sabes muy bien todo esto. Lo único que te falta es un poco de optimismo, no hacia la sociedad (eso no sería realista), sino hacia las capacidades del ser humano. De las cuales, de momento, sólo tienes acceso a las tuyas propias, y por ellas, hasta cierto punto a las de las personas de tu alrededor y quien sabe quién más. A por ello.

Bueno, no sé si entendí bien el fondo de tus ensayos. Si no lo hice y esto era innecesario para ti, en cualquier caso el tema queda abierto para que lo lea cualquier persona a quien sí le haga falta. Ánimo y sigue f-i-l-o-s-o-f-a-n-d-o.

martes, 20 de mayo de 2008

Alas

Aunque procuro terminar de leer el segundo capítulo de “El taller de la filosofía” me impaciento por dejarlo y empezar a escribir. El resto del texto me va sugiriendo nuevos detalles e ideas, pero si hiciera caso de todas las que burbujean en mi mente, no podría escribir algo lo suficientemente coherente.

Varias expresiones repiquetean por todos lados sin que consiga ordenarlas del todo. El autor ha hablado de reunir textos, citas, de la imaginación, de los sueños. Y me causa un cierto desasosiego. Nunca, reconozco, he llevado a cabo esa tarea compiladora de forma consciente. Pero sí lo he hecho sin darme cuenta, mentalmente, y de un modo bastante sistemático, a decir verdad. Tengo buena memoria, y en cierto modo archivo lo que me interesa. Claro que este sistema no es tan práctico como el de unas cuartillas, que tal vez asuma, porque no sólo me brinda lo que necesito en el momento en el que lo busco, sino que me bombardea indiscriminadamente y en cualquier situación con las más absurdas imágenes recurrentes. Cuestiones como el sonido que hace alguien que va a hablar y no lo hace, dejando en el ambiente como una especie de sordera aspirada mientras cierra inexpresivamente la boca, o qué ocurriría si una guillotina partiera una mesa por la mitad sin inmutar a las personas sentadas a sus extremos, resultan desde mi más tierna infancia muchísimo más absorbentes que la explicaciones de un profesor o una conversación insustancial.

Así, de este archivo memorístico pasamos al origen de la mayor parte de sus elementos, la imaginación. El autor trata de incentivarla, de ayudarnos a recorrerla y adentrarnos en nosotros mismos por su medio. En otros tiempos esa lectura me hubiera alegrado. Porque a lo largo de toda mi vida, lo único que he sentido verdaderamente mío, real y palpable, ha sido ese mundo interior que creaba con mi imaginación. En él cabían las personas que quería, por supuesto, pero también todos y cada uno de los estímulos externos, miles de libros, películas, cómics, que hacían de él un mundo siempre cambiante, impredecible, en expansión, donde aventuras y tragedias seguían sus propias reglas. Éste era y es el origen natural de todo lo que escribo, dibujo o ideo. Pero apenas he llegado a lo largo de mi vida a mostrar una ínfima parte de ese abanico de historias, lo que pensaba directamente para ser escrito, reservándome por completo ese lugar de juegos de infancia y sueños de juventud. Siempre he escrito lo que querría leer, y por eso considero mis textos como hijos que, en realidad, no me han tenido en cuenta a la hora de darse forma a sí mismos, y que salvo las primeras correcciones, en el fondo no tengo derecho a modificar, porque quieren decir exactamente lo que son.

Pero ahí queda todo ese excedente de fantasía que ha constituido mi hogar. Y ahora, con la llegada de la odiosa madurez, me doy cuenta de que no sé permanecer en la realidad, ni siquiera interpretar sus signos. De que para vivir por fin mi vida tengo que darme cuenta de cuál es, y sin embargo sigue pareciéndome extraña, lejana y fríamente irreal. De que para sacarme a mí misma adelante hay un punto en el que tengo que cortar y mirar hacia afuera, desechar lo que no me aporta más que infinitos minutos de mirada perdida en la oscuridad. Y es una horrible mutilación. Cada uno de los personajes con los que hablo en silencio son parte de mi familia y de mi historia, los paisajes y recorridos los conozco mejor que mi propia ciudad, no me basta para reconocerme el reflejo del espejo. Los proyectos de futuro que alguna vez hubiera ideado, objetivamente nunca fueron tales, y planteármelo ahora hace que el absoluto vacío, o la tediosa perspectiva a falta de una idea formada me asusten. Pero ahora no tengo tiempo para soñar, y el que empleo me lo quito de vivir, hay cosas importantes en las que ya ni siquiera sé fijar la atención. Una sola referencia a algo que una vez haya pensado me aparta irremediablemente de lo que de verdad me interesa. Y no sé qué hacer con ello. Si canalizarlo de algún modo imposible, éste lánguido dejarme vagar contra el que ya no sabe regir mi voluntad, o acallarlo como una vez todos los niños dejaron de jugar. Mientras a otros tienen que animarles a soñar, yo trato inútilmente de cortar mis propias alas, demasiado largas e incontrolables. Y no sé.